Estamos a tiempo para evitar que la revancha se apodere de Colombia
por Margie Rabinovich (*)
Faltan quince días para la primera vuelta presidencial y Colombia parece dirigida por un experimento psiquiátrico mal supervisado.
Un candidato con evidentes simpatías por terroristas reciclados, discurso marxista de museo soviético y admiración apenas maquillada por modelos que han destruido países enteros, encabeza las encuestas. Y mientras tanto, el centro y la derecha siguen dedicados a su deporte favorito: despedazarse entre ellos por egos microscópicos envueltos en discursos grandilocuentes sobre “principios”.
La izquierda no gana porque sea brillante. Gana porque sus opositores tienen la madurez emocional de un comité de copropiedad peleando por el color del ascensor.
Pero lo más interesante —y preocupante— no es el candidato. Es el fenómeno psicológico detrás de muchos de sus seguidores.
Porque una parte importante de ese voto no nace de la esperanza de progresar. Nace del placer emocional de ver caer al que consideran “privilegiado”. No es un proyecto de construcción; es un proyecto de revancha.
Muchos no creen realmente que su vida vaya a mejorar. En el fondo saben que probablemente seguirá igual… o peor. Pero hay una satisfacción casi visceral en imaginar que al empresario le irá mal, que al médico le cobrarán más impuestos, que al que estudió, trabajó o emprendió “por fin lo pondrán en su lugar”.

Es el resentimiento convertido en ideología.
Como psiquiatra, uno aprende rápido que hay personas que prefieren destruir aquello que no pueden alcanzar, antes que asumir la incomodidad de construirlo. Es más fácil odiar el éxito ajeno que enfrentar las propias frustraciones. Más cómodo llamar “opresor” al que prosperó que admitir años de malas decisiones, dependencia emocional del Estado o simple mediocridad.
Y claro, la izquierda moderna entendió eso perfectamente: ya no vende prosperidad. Vende catarsis. Vende enemigos. Vende la fantasía infantil de que si alguien tiene más, necesariamente te lo robó.
Es una narrativa emocionalmente adictiva porque elimina la responsabilidad individual. El fracaso nunca es propio; siempre hay un villano externo: “los ricos”, “los empresarios”, “las élites”, “el sistema”, “el capitalismo”, «el imperio», o cualquier palabra suficientemente abstracta para evitar la autocrítica.
Y mientras ese resentimiento se organiza, vota y avanza disciplinadamente, el centro y la derecha sigue atrapados en un festival de vanidades ridículas: que si este me cae mal, que si aquel no me representa perfectamente, que si yo soy más puro ideológicamente.
La historia muestra que las democracias rara vez mueren por la fuerza de los radicales. Muchas veces mueren porque quienes debían defenderlas estaban demasiado ocupados admirándose el ombligo.
Pero tranquilos. Cuando llegue el desastre, aparecerán los analistas de siempre diciendo que “nadie podía preverlo”.
Sí, claro.
(*) La autora es artista, profesora de escultura.
